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De la noche no viene lo monstruoso

De la noche no viene lo monstruoso

¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?
No quiero nada para mí:
sólo anhelo
lo posible imposible:
un mundo sin víctimas.

J. E Pacheco

La cosmología judeo-cristiana contrapone la luz a la oscuridad, y lo hace de manera maniquea, ambos son contrarios absolutos, mientras que en otras culturas son complementarios, nuestra cultura da como fuente de todo mal a la oscuridad y las criaturas que en ella se engendran, mientras que el albo parecer de los ángeles son la pura luminosidad bondadosa, bien y mal en eterna lucha por almas humanas, aunque a mí me gusta la idea que canta Sabina, “el cielo paga un sueldo a Satán”.

Así de la noche no podría haber más que monstruos delirantes, malvados, enfermos de soberbia y de turbios deseos. Vampiros, licántropos, zombis al más puro estilo Silent Hill o Resident Evil, muertes empuñando su guadaña, demonios, súcubos e incubos trastornando el sueño de vírgenes inocentes, bestias demoníacas turbando el sueño de niños sin mácula y toda la caterva de monstruos fantásticos y virtuales sólo podrían ser paridos por la espesa atmósfera de la oscuridad; del día sólo ángeles y querubines, la corte celestial en pleno.

Esta idea es ante todo una fachada mediante la cual se esconden los verdaderos monstruos, que a la luz del poder y la normalidad actúan casi impunemente.

Pederastas, maltratadores de mujeres y niños, son verdaderas abominaciones que no expresan sino la verdadera cara de la violencia, debemos estar asustados porque un mundo que no protege a los más débiles está en vías de convertirse en un espacio inhabitable.

Y bien para muestra recordemos el caso Lydia Cacho, o a los más de 275 millones de niños que sufren algún tipo de violencia o abuso doméstico; o a los 102 millones de niños, según la UNICEF, que son víctimas de la explotación y la discriminación y se han vuelto prácticamente invisibles para el mundo; o a los 10 millones de infantes explotados sexualmente, o a los 120 millones de mujeres maltratadas en el mundo.

Así la violencia permea todas las capas de la sociedad, y esta violencia se trivializa debido a una humanidad que prefiere ésta a un estado de armonía, igualdad y solidaridad.

Somos agresivos por naturaleza, si entendemos esta aseveración como la posibilidad innata de responder a estímulos violentos que pongan en peligro nuestra conservación como especie o individuo, pero en sentido contrario, la cultura y la civilización nos han provisto de herramientas para aminorar estas tendencias. Recordemos una verdad universal, los animales sólo agreden para sobrevivir, ¿Quién justificaría esta violencia gratuita contra quienes, se supone, son los miembros más vulnerables de la sociedad: las mujeres y los niños?

Ahora bien las bestias no surgen de manera espontánea, como mundo hemos puesto la muestra sin dudar, baste decir que un niño urbano de 10 años ha mirado en los medios hasta 100 mil actos violentos. 100 mil, y de esta manera la violencia se vuelve justificable ante una conciencia y una moral debilitadas por este bombardeo.

En pleno siglo XXI, las monstruosidades no vienen de las cavernosas profundidades de la oscura noche, están a la vista, y debemos enérgicamente enfrentarlas, denunciarlas y reprobarlas, un mundo que permite esta violencia es un mundo deshumanizado más preocupado por el entronizamiento de lo material y consumista. A fin de cuentas los insómnes somos las gárgolas del mundo diurno: tenemos la capacidad de asustar a diablos y espíritus malignos, protegiendo a los que duermen. Los noctámbulos, humanos a fin de cuentas, apostamos por la vida, el respeto y la fraternidad de todos.

Bienvenido

La noche al contrario de lo que parece, de lo que la imaginación popular e inducida cree, no es un monstruo que engulle, una sombra o un demonio; la noche no sólo vence y duerme y consume, lejos está de ser el territorio de lo inanimado y de lo volátil –los cuervos y los espíritus-, de lo efímero y de lo increado, de lo primigenio. Sucede que sin darnos cuenta, la noche también descubre y desentume, cambia y metamorfosea, descorre la pesada cortina para revelar los mundos ocultos, activos y móviles, fatales, que se amparan detrás del día. Por el contrario, a veces la luminosidad enceguece, altera la auténtica composición de las cosas, las distorsiona con su ansiedad de precisión y claridad; entonces la oscuridad –que ciertamente unifica y homogeneiza- es capaz de arrancar estas trampas y enseñarnos la otra realidad del mundo, ignota y despreciada, que nos negamos a ver; no se trata, sin embargo, de un espacio alterno y vano, no es una apariencia fútil de las cosas, sino simplemente otra mitad, una cara –no mejor, ni peor: diferente, complementaria- que por lo regular nos negamos a sentir y reconocer, aferrados a nuestra mezquindad fotocéntrica, pero que está ahí y también nos forma, nos nutre y nos anima.

La noche descubre, es un sitio fuera del sueño: la noche de los despiertos alberga seres que, apenas por casualidad, habitan los mismos cuerpos que tienen durante el día, pero lo cierto es que son a un tiempo otros y los mismos, reconstruidos bajo el influjo de las estrellas; por eso se inventó el sueño: para los que se rehúsan a asumir su naturaleza noctívaga, para los medrosos que prefieren la comodidad de la inconsciencia. En cambio aquellos que prefieren velar mientras las tinieblas se ciernen sobre la Tierra, -una raza especial, alterna, murmurante- asumen las mutaciones que la noche produce en sus caracteres y sus sombras, y son capaces de reconocer que ahí, en la infinita muerte del Sol, también hay vida.

Entender esto nos hará entender esta bitácora, soy un amante de la noche, he mirado mil cosas en la oscuridad, he sentido mil presencias, he llorado en las más profundas penumbras, de todo ello entiendo que la noches es mil cosas, es literatura, música, cine, en fin mil maneras de vivirla y donde muchos seres humanos nos sentimos mejor que en el mundo de la luz, donde todo es apariencia, invito a todos los noctámbulos a compartir sus vivencias, sus hallazgos, pero sobre todo, a tender un puente donde podamos compartir todos los saberes ancestrales de la noche, aquí los espero.

Para empezar, quiero recomendarles que esta noche intenten escuchar una canción que los hará hundirse en la ensoñación, "Saudade" del grupo Love and Rockets, y platíquenme de ustedes, soy un alma solitaria que en las noches sale de su cuerpo para habitar un mundo mejor, el mundo de nuestra oniria.