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Renato Leduc, poeta nocturno, bohemio irredento y Tlalpense histórico.

Renato Leduc, poeta nocturno, bohemio irredento y Tlalpense histórico.

Soy urbano, vivo en la Ciudad más surrealista del mundo, convivo con casi 22 millones de seres humanos, tantos como historias pudo imaginar la mente más maniática y esquizoide. Estoy orgulloso de haber nacido chilango, de haber nacido en lago pétreo de Tenochtitlan, lugar donde desde hace miles de años almas, condenados y aparecidos, cada noche aúllan su inenarrable pena. Y además, soy de Tlalpan, un rincón en el sur de esta mega metrópolis, enclave mitad urbano, mitad rural, mitad mestizo, mitad indígena, mitad mito, mitad historia.

Y aquí, en pleno corazón del Centro de Tlalpan, hay una placa adosada al muro de una vieja casa. En ella, se atestigua que Renato Leduc nació precisamente en ese lugar en 1897, nada contradice el sino del poeta, hoy en la parte baja de esa antigua residencia, se asienta la cantina “la Jalisciense”, como especie de homenaje a su existencia bohemia, cantinera, romántica, mujeriega, bronca rayando en lo mítico.

Renato Leduc, poeta lúdico, en su obra amalgama momentos sublimes, de plena metáfora junto a la belleza de lo soez; la figura retórica, poderosa y demoledora de su críptico lenguaje. Su obra-vida encierra esa travesía vital, en los humanos decimonónicos la acción era imperativa: de telegrafista en el ejército de Villa, a periodista irredento; de andariego en la vieja ciudad de México a taurino irremediable; de las noches excesivas en los cabarets más sórdidos, al salón palatino lleno de borrachines “cachorros de la Revolución”; del aserrín de la cantina y el abrazo con el andrajoso con olor a pulque a la amistad de Peret y Breton. Renato Leduc supo nutrirse de las venas zafias de la urbe del siglo pasado, que va del desenfadado verso satírico a la solemnidad de los “Poetas, presos de sus propios horarios”, escribiría él mismo.

Y en medio de tantas revueltas, viajó al ojo del huracán y nunca volvió sino para escribir más versos, más poemas, más epítetos contra la refinada sabiduría de los Contemporáneos. Nunca fue adepto al culto de la personalidad, eso le confirió un aura aniintelectual, pugna claramente enfrentada contra este grupo, y a pesar de ello, logra en su poesía una mezcla extraña, adusta y rítmica, palabrota y palabra cristalina.

Si no por altivez, por desencanto
Imitemos el gesto del océano
Monótono y salobre.

Contrapunto a esto, su poética erótica suena fuerte, arde en los oídos de las señoras de la vela perpetua, enfrentamiento a las buenas costumbres uruchurtianas, Leduc nos muestra, no sin humor esa cara:
Y es que se largan las cejas
Mientras se pierde la vista.
Ya no te pelan las viejas
Ni logras una conquista.

Monsiváis, afirma: “conoce de manera exhaustiva los recursos lingüísticos, y consagra su impecable oído literario al propósito del juego”. Su proverbial personalidad festiva, rechazaba la solemnidad ajada del vate, a cambio amigos y tragos, arrabal y palabrota.
De Tlalpan, parece ser nutrido por su límpido aire; por su tradición en el siglo XIX de ferias, juegos, bailes, jolgorio; su genio es incluso reconocido por el mismo Octavio Paz: “No fue un vate de cantina, poco dotado, sino un gran dominador del lenguaje poético, que huía de lo trascendente por una mezcla de timidez y arrogancia”.

Arrogancia, que aparenta humildad, el poeta de Tlalpan está aún tomando un ron, un tequilita en las mesas de “La Jalisciense”, gritando leperadas a la luz del día y esperando las penumbras de la noche para nutrir su lírica oscura; en las arboladas calles de la Ciudad, de Tlalpan, toma la melancolía y el temperamento, esperando ebrio de alcohol y luz de luna, a que lo despierten las campanadas de la misa de seis, para endilgarles a los feligreses un soneto lleno de sarcasmo, rebeldía y lóbrego significado.

La naturaleza del amor, resistencia subversiva.

La naturaleza del amor, resistencia subversiva.

A ti mi Chari, quien da las razones para pensar que el amor me salva

 hasta del mismo destino ineluctable de la muerte, te amo.

El poder está en el origen mismo de la humanidad, si entendemos a éste como la capacidad de un individuo o grupo para imponer por la fuerza física y simbólica los deseos de cualquier clase a otro individuo o grupo, por encima de la voluntad de éstos. Sabremos ya que esta acción surge incluso desde los relatos míticos originarios del hombre de todas las cosmovisiones culturales. De Zeus a la religión judeocristiana, de los antiguos primeros pobladores a las culturas prehispánicas, la tierra misma, el hombre y la vida han sido producto de la rebelión de un ente menor en la jerarquía de las divinidades ante uno de omnipotencia extrema, rebelión en aras de un místico orden de las cosas para dar forma a un universo armónico; en esencia, los dioses, productos de la humanidad, son un reflejo de las mismas veleidades, envidias y bajas pasiones de los hombres. ¿Podemos imaginar comportamientos más impunes, que el de Zeus y su posesión mediante argucias de Dánae -recordemos que toma forma de lluvia de oro-, y luego la sobreprotección paternal al producto de esta unión, Perseo? O bien, ¿Iahvé, poniéndose a jugar apuestas con el diablo para probar el amor de Job a este dios inmisericorde y caprichoso?

De tal manera el poder, esta representación simbólica y metafórica en el sentido literario, permea los ánimos de todos los humanos de todas las eras históricas, pero habría de preguntarse, ¿De dónde surge el poder? O mejor planteada, ¿Cuál es la fuente de esta especie de artilugio alquímico que derrumba imperios, prostituye mártires, entroniza a estúpidos, asesina y despeña las mejores almas humanas? La respuesta, pienso, se encuentra en dos vertientes, volvemos a los mitos para explicar esta primera forma. Prometeo, titán considerado amigo de los mortales, roba el fuego de los dioses para darlo a los humanos, por dicha afrenta, es condenado a ser sujetado a una roca, donde cada día serán devoradas sus entrañas por un águila y por la noche se regenerarán para ser  de nuevo laceradas al día siguiente, todo hasta el infinito. Abundando en estos ejemplos, revisemos el de Adán y Eva, plácidos habitantes del Edén, vivían cual chiquillos despreocupados, este estado de gracia sería permanente si seguían un único orden normativo  dictado por el mismísimo y omnipotente Dios: jamás comer el fruto del árbol del bien y del mal, el árbol de la ciencia. Castigo mediante, esta orden fue seguida hasta que Eva comió del fruto prohibido, para condenar a los hombres a trabajar para ganar el pan con el sudor de su frente y a las mujeres a dar vida con frenéticos dolores, vaya castigo.

Estas dos alegorías, son una invención literaria que ejemplifican el simbolismo del poder, en ambos tenemos un bien etéreo, poseído y usufructuado por los dioses, el fuego, el bien y el mal, metáfora del saber, del conocimiento, de la ciencia, de aquí la primera y más temible fuente del poder, el conocimiento, una serie de códigos ciertos, míticos, místicos, protocientíficos, originarios y ancestrales que dan el carácter omnipotente a dios, su carácter divino y, por ende, su potestad sobre los humanos se basa en este conocimiento de lo desconocido para nosotros simples mortales, el conocimiento,  en su más amplia acepción es la primer fuente simbólica del poder.

El segunda origen, tiene que ver más que nada con la simple naturaleza humana más animal, la necesidad de crear y engendrar progenie, la necesidad de conservar la especie y de ahí la lucha descarnada para que el más apto pueda adaptarse de mejor manera al medio ambiente y sobrevivir, dando lugar a mejoras cualitativas en el género humano, darwinismo simple y llano.

Para este momento tenemos un panorama general del poder y sus fuentes, un esbozo breve de definición, pero ahondando en ello, utilicemos, para mayor precisión la que elabora Weber: “Poder es la capacidad de predecir de la manera más exacta posible el comportamiento del otro”. Esta capacidad está basada en el conocimiento, en la imaginación, en el trucar la percepción de los hombres, la alegoría de la Caverna platónica en escala superlativa, el poder juega con espejos para que los hombres lo perciban más grande de lo que es; más enérgico, a pesar de su naturaleza endeble, más voraz a pesar de su inapetencia senil.

Ahora bien si el poder, con toda su voluntad aplastante, su violencia, control y sus taumaturgos procaces se basa en un símbolo, otro símbolo, arquetipo de bondad logrará, sino contrarrestar sus efectos avasallantes, sí matizar y en ocasiones atenuar esta sinrazón loca. Esta metáfora, transgresora como la define Octavio Paz, es el amor.

El poder y el amor, casi en una dualidad, tocan sus extremos, serpiente que trata de devorar su propia cola, círculo infinito de relaciones. El poder y el amor obnubilan, ciegan la razón, dan ojos al alma, en el primero ojos hipócritas que atisban conspiraciones, el segundo, provee de ojos al alma para mirar lo esencial, lo bello lo hermoso. Poder y amor potencian, el primero echa a andar los más perversos engranajes del alma, el segundo la maquinaria que genera lo bueno, lo heroico, lo sublime. Poder y amor apelan, el primero a magnificar su capacidad a costa incluso de la vida de los otros, mata para perpetuarse, el segundo a acrecentar su capacidad de vida, a expresar lo bello de la entrega, no destruye, hace nacer, renacer y renovarse hasta lo exangüe, crea vida para eternizarse. Poder y amor seducen, atraen, el primero ególatra onanismo que vuelve tirano al esteta, el segundo encuentro pleno de un nosotros que vuelve príncipe al contrahecho.

Pero la naturaleza humana se empeña en contradecir la evidente humanidad del amor y eleva el valor del poder. Mientras el poder se torna un sistema de suma cero, el amor es potencia geométrica que jamás hace perder, pues nunca hay ganadores ni vencidos.

En la República de Platón, Trasímaco y Sócrates, discuten sobre el gobierno, la virtud, como en todos los actos de la cultura griega, debe regir los hechos y las decisiones del hombre, pero ante el argumento socrático: “El hombre de bien gobierna para evitar el gobierno del perverso”, se antepone una realidad que Trasímaco define: “el hombre que gobierna es justo en tanto sus actos sean los más convenientes para el más fuerte”. Esta casi infalible tendencia del hombre hacia el mal, se puede encontrar a lo largo del devenir de la humanidad.

El poder embriaga más allá de la razón y la virtud, el holocausto judío, la noche de los machetes en Ruanda, el Khmer Rojo, Irak, el Apartheid, etc. Si bien la virtud griega está lejos de nosotros como ellos mismos en el tiempo, nuestra época fue bien prefigurada en el Renacimiento, Maquiavelo ya no se cuestiona sobre la virtud del Príncipe sino define un cinismo rampante que hará de la política el escenario de la simulación, la mentira, la cruda realidad. Nunca menciona: el fin justifica los medios, pero de alguna manera la Real Politik existe ya. Pero una vez más contrastemos al poder y al amor en un contexto histórico definido, mientras el renacimiento artístico se vuelca en multicolores expresiones de arte, el renacimiento en términos políticos se vuelve un recetario de cómo gobernar sin perecer en el intento, ars longa vita brevis.

Entonces, llega el momento de preguntar ¿Si el poder tiende hacia el mal, o mejor dicho, si el poder hace que el hombre tienda hacia el mal?, y si esto es cierto, ¿el ser humano es un ser malvado y perverso por naturaleza, y los actos de bondad sólo son actos de redención más allá de algo cualitativamente significativo para la humanidad?

Pensemos en el jus naturalism y en el idílico principio  de los tiempos, el estado natural. Podemos reflexionar de ambos conceptos que el ser humano adquiere ciertos derechos con el sólo acto de nacer y que además hubo un momento donde no había nada, ni leyes, ni jerarquías, entonces dónde está el origen de la perversión, los humanos no somos intrínsecamente buenos ni malos, somos la suma de arquetipos, genética, evolución, sistemas socio-económicos, religión, etc. De tal manera que el poder sólo vence, doblega y hegemoniza, como dijimos al principio en base a su representación simbólica, ¿qué es el rey, presuntuoso de su boato, al momento de caminar desnudo ante sus súbditos? ¿Qué es Jesucristo sin el grandilocuente acto de entregar su vida en aras de salvar de todos los pecados a la humanidad? ¿Qué es Hitler, Himmler o Goebels sin la religiosa feligresía que los seguía estúpidamente? Nada, sólo serían charlatanes intrascendentes, el poder necesita del reflejo simbólico en el otro para ejercerse, el miedo es al monstruo desconocido, Leviatán no es tan horripilante es sólo una sombra chinesca que nos espanta.

Así como Freud se pregunta en el malestar en la cultura, dónde el hombre decide optar por el trabajo (Tanatos) ante el placer (eros), debemos preguntarnos, asimismo, dónde el hombre optó por el poder en lugar del amor, desmembrar el poder simbólico es obra de la imaginación, pero se tiene un aliado, el amor, pues genera solidaridad, tolerancia, comprensión, empatía.

El poder sólo es el oropel de la estupidez, el amor es la poesía transfigurada en acto de entrega, si lo simbólico entroniza al poder, luchemos contra él con la fuerza simbólica del amor, nada nos salvará como el amor y, el poder no podrá regir lo que es etéreo, los sentimientos de una humanidad presurosa y olvidadiza, que en su origen logró la sobrevivencia de toda nuestra especie en actos primitivos que en la bruma del tiempo los podríamos llamar como amorosos, actos amorosos que ante el embate de la naturaleza y ante la evidente debilidad fenotípica del homínido, se convierten en el relato de una épica batalla de supervivencia, siendo así la única posibilidad de conservación de la especie y no está en el poder que divide y reduce sin remedio, sino en el amor que multiplica en la época donde la escasez de todo bien es evidente, sólo el amor consigue encender lo bueno, desde siempre.

Ahí vienen los muertos otra vez.

Ahí vienen los muertos otra vez.

A ti María del Rosario, porque sea para siempre amor.

Especialmente con cariño a Sergio.

Y a todos mis muertos, siempre los recordaré.

 

Y el día empieza con un vientecillo que baja de las montañas del Ajusco, aire límpido que transparenta las nubes y devela ese cielo azul, propio de los últimos días de octubre. Es 31, víspera tranquila de la marcha de regreso de nuestros muertos a este espacio breve de la vida, llegan guiados por el aroma peculiar del cempazúchitl, por el humo dulzón del incienso y el copal, por la luz votiva que ilumina el camino del Mictlán a nuestras tierras.

Primero, van gateando, titubeantes en sus primeros pasos, “todos los santos”, aquello niños que no fueron por mucho tiempo en la vida, llegan a tocar con mano atérida el juguete entrañable, a probar el agradable sabor de sus golosinas. Se reúnen festivos, con su infante inocencia, a gozar de este recuerdo de los que nos quedamos sin volver a mirar su sonrisa.

Luego llegarán los fieles difuntos, a embriagarse por un fugaz momento, a empacharse de mole, tamales, calabaza, a fumarse un cigarrito, a constatar que los vivos no podemos más que llevarlos inolvidables en el recuerdo, única forma humana de ser inmortal.

Estos días de muertos se vuelven nostálgicos, con su sol oblicuo en el firmamento, con sus noches prematuras, con los colores y sabores de la ofrenda, con su tacto a viejo, con sus leyendas de aparecidos y lastimeras ánimas que rumian sus penas.

Y es que el mexicano convive despreocupado a diario con la muerte, esta cotidiana coexistencia milenaria, nos hace su amigo, nos rozamos sin desdén, concientes de nuestra efímera existencia. Nuestros antiguos mexicanos entendieron desde entonces este cohabitar perpetuo, este soplo divino que algún día, sin más, nos dejará sin aliento, inánimes, muertos. Sin embargo, tercos, nos burlamos de nuestra muerte chiquita, que ahí a nuestro lado izquierdo nos reserva, mujer tenía que ser, el secreto de nuestra partida. Y se deja dibujar muy catrina la parca, juguetona, al fin, sabedora de su poder, se deja vestir chuscamente, total, ella siempre tendrá la última palabra.

No sin sorna, pero con el debido respeto, José Guadalupe Posada, la representó con tal fuerza satírica, que la risa nos hace doblarnos al verla, más de nervios y temor que de burla o alegría. Graciosa de cierta manera, la calaca se presta al juego, pues como escribía Netzahualcóyotl: “Meditadlo señores águilas y tigres, aunque fuerais de jade, aunque fuerais de oro, también allá iréis, al lugar de los descansos”.

No en balde una eternidad de vagar por la tierra, nuestra perpetua desvalidez ante su voluntad, un sempiterno atestiguar nuestros males y miserias, nuestras ambiciones banales, nuestras grandilocuentes abyecciones, la muerte se asume pareja, equitativa, totalmente democrática.

Infalible, en cama de seda o en jacal de tierra, nos acompaña en cada uno de nuestros momentos, de nuestro primer alarido natal, al primer amor, de nuestro primer regocijo al último suspiro. “¡Qué prueba de la existencia habrá mayor que la suerte de estar viviendo sin verte y muriendo en tu presencia!”, dijo Xavier Villaurrutia, como dejando en claro este inconstante capricho humano de querer fugarse al corte certero de su guadaña. Ya que, además de todo es misteriosa e insondable, deja en cada trabajo el halo de destino manifiesto, como advirtiendo de su capacidad de tejer tramas llenas de enseñanza.

Un ejemplo, tres amigas inseparables se dejan de ver, el reencuentro se da en la boda de una de ellas, nuevamente las circunstancias las alejan, nunca más estuvieron juntas, la recién casada está embarazada, la otra se acaba de casar, la tercera ha conseguido un buen trabajo. Tiempo después, ésta última, se entera que ha fallecido una de las tres, la otra ha dado a luz, todo esto el mismo día, mientras se apagaba una existencia, nacía al mundo otra.

¿Acaso la muerte planeó esto? Acaso, como se preguntaba Ayocuan: “¿He de irme como las flores que perecieron? ¿Nada quedará de mi nombre? ¿Nada de mi fama aquí en la tierra? ¡Al menos mis flores, al menos mis cantos!”

Sólo la poesía, sólo la belleza y la bondad de nuestros actos cotidianos, perpetuarán la persistencia de nuestra alma en este mundo. El recuerdo que heredemos, obedece a nuestro estar y nuestro ser, de nuestro proceder dependerá la ofrenda, las luces y las flores amarillas en nuestro honor, extintos pero en vigilia, escucharemos las voces de los vivos rememorándonos con cariño o con desprecio.

Nada nos exime de nuestro fin, pero podremos aspirar a no extinguirnos del todo si jamás dejamos de anhelar a que en un día de muertos cualquiera, alguien nos encienda una veladora, nos ofrende flores y nos cocine nuestros más añejos antojos y así con nuestro nombre en la frente de una calaverita de azúcar, porque finalmente cada acto nuestro puede ser el último, “pues no hay hora en que yo no muera”, en que todos muramos sin cesar.

Los movimientos juveniles de 1968

Los movimientos juveniles de 1968

A ti María del Rosario,

porque cada futura

batalla te tenga a mi lado.

París, Mayo de 1968, hace cuarenta años exactamente la juventud del mundo alzó la voz para exigir sociedades más democráticas, abiertas, tolerantes y libres. Daniel Cohn- Bendit, líder en el mayo de París, confirma esto, en sus propias palabras, los movimientos estudiantiles de ese año en todo el mundo:

“…fueron una rebelión. Sobre todo, una rebelión antiautoritaria que tuvo lugar un poco por todas partes. La rebelión de una juventud que había nacido después de la guerra y se revolvía contra el tipo de sociedad impuesto por las generaciones de la guerra. Los rebeldes eran diferentes en Polonia, en Estados Unidos, en Francia o en Alemania, pero el corazón fue precisamente esta rebelión antiautoritaria”. (Missé, 2008, 13 mayo, p.32).

Naturalmente para México esto no es distinto, ya que de Praga a París, de Berkeley a la Ciudad de México, las demandas pasaban más por un intento de resquebrajar las trabas autoritarias que de cambiar un régimen o un sistema político. Democracia sin adjetivos, en lugar de una democracia que funcionaba de manera desigual para la sociedad.

De hecho los movimientos son generados por las clases medias ilustradas, los estudiantes politizados y, en algunos casos, adoctrinados por las fuentes culturales de la posguerra plantean no una revolución proletaria, ni la instauración de comunismos o socialismos, en realidad se puede notar una planteamiento más encaminado a las libertades individuales, incrustadas en la estructura social represiva de ese entonces,

 

Los movimientos del 68 tuvieron una fuerte influencia cultural: el Movimiento Beatnik, los situacionistas, el marxismo, el movimiento hippie, Marcuse, el Ché Guevara, Sartre, Camús, los jóvenes de aquél entonces pugnaban por llevar la riqueza intelectual de su tiempo como estandarte de lucha.

De hecho las consignas sonaban lúdicas, juveniles, ingenuas en el fondo: el lenguaje implica la necesidad de expresar los contenidos subversivos en la esfera política, pero sin duda los más provocadores tienden hacia rebelión personal, íntima, cotidiana:

Prohibido prohibir.

 

La imaginación al poder.

 

Esto no es más que el principio, continuemos el combate

 

El aburrimiento es contrarrevolucionario

 

No le pongas parches, la estructura está podrida

 

Soy un marxista de la tendencia de Groucho.

 

Seamos realistas, exijamos lo imposible.

 

Están comprando tu felicidad. Róbala.

 

Bajo los adoquines, la playa.

 

El caos soy yo

 

En una sociedad que ha abolido toda aventura, la única aventura que resta es abolir la sociedad

 

Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar

(Wikipedia, en línea 15 de mayo 2008)

 

De aquellos movimientos quedan las palabras, las anécdotas, las historias grandes y pequeñas, las batallas ganadas o las derrotas totales. Las modas, los mitos y las realidades, el imaginario y lo fantástico que genera un movimiento así. Como todo hecho histórico requiere de tiempo para su cabal entendimiento, y a 40 años, aún no defino que dejó o construyó, pues hoy más que nunca, la democracia  y la libertad suenan sin sentido en una sociedad que permite las corruptelas, las mafias y la desvergüenza de sus gobernantes, siempre serán necesarios los movimientos sociales y políticos, como dice Cohn-Bendit, “…hoy estamos en un proceso de transformación de las sociedades, y esto no quiere decir que las rebeliones se hayan acabado. Pero las revueltas empujan a la transformación y la modernización de la sociedad”. (Miseé, p. 32)

Sobre todo cuando el mundo salta al vacío de una inevitable crisis económica causada por los de siempre, los que nunca han dejado el poder aun cuando cambien las siglas del partido, los dueños del dinero, los dueños del planeta, los que sucios, fraudulentos y vociferantes guardianes de la democracia, siempre privatizarán las ganancias y socializarán sus pérdidas, como hoy, como siempre.

 

Bibliografía

 

Missé, Andreu, "Hemos ganado", ENTREVISTA:  Daniel Cohn-Bendit Eurodiputado y protagonista de Mayo del 68, en El País Semanal, 11 Mayo 2008, 1350

 

Mayo francés, Wikipedia, en línea 15 mayo 2008, http://es.wikipedia.org/wiki/Mayo_franc%C3%A9s

TLALPAN, LA CIUDAD QUE PERDIMOS.

TLALPAN, LA CIUDAD QUE PERDIMOS.

Mira las cosas que se van,
Recuérdalas,
porque no volverás a verlas nunca.
José Emilio Pacheco

La historia de la ciudad, como se ha escrito mucho, es la historia del poder, Rafael Tovar y de Teresa lo menciona en su libro “La Ciudad de los Palacios”, la faz de nuestra Ciudad se ha visto transformada a capricho del caudillo o el partido en turno; a la México-Tenochtitlan, los conquistadores españoles, la borraron; a manera de exorcismo, los ibéricos, desmontaron una a una las piedras de la ciudad, para con ellas mismas edificar el esplendor virreinal; pero las piedras no conocen de la efímera gloria de los mortales, y ellas mismas fueron testigos de la conflagración independentista.

Imperios, restauración de éstos, liberales, conservadores; el furor republicano, destruyó joyas del pasado colonial, el templo y el claustro como símbolo del Clero abusivo y nuevamente la ciudad sufrió una desfiguración de la que surge ladina, pícara, dolosa en ocasiones. El impulso finisecular y el esplendor porfirista, maquilla con aires franceses a la ciudad, modas van o vienen, pero “La Bola”, y su torbellino, elimina el fastuoso mundo de Gutiérrez Nájera y su Duque Job.

Al siglo XX, se llega con una ciudad enferma, aún así tiene tiempo para el jolgorio, la rebeldía, la tragedia; de sus festividades colectivas o futboleras, a sus históricas marchas, desde la llegada de Zapata y Villa, pasando por sus héroes juveniles del 68, y hasta el Ejército de la Esperanza y su Sub Marcos, todas las multitudes han escuchado resonar sus voces en las paredes añejas de nuestra urbe; todavía las 7:19 AM. de un jueves 19 de septiembre de 1985, suenan como una maldición conjurada por un hado perverso, todavía la ciudad llora, ríe y se estremece, aunque esté herida de muerte.

Esta síntesis del horror que la destrucción ha esculpido en las entrañas de la ciudad, en Tlalpan también puede observarse su reflejo; este territorio lleva dentro de sí las marcas de nuestras raíces: prehispánicas, virreinales, mestizas; pero sumemos a esta variedad cultural, la belleza natural; San Agustín de las Cuevas, Tlalpan, como sea que se nombre, vivió siempre días de esplendor, villas enormes, haciendas milagrosamente productivas gracias al sudor de los peones.

De tal magnificencia y esplendor gozó Tlalpan que la Madame C –de la B- en sus “Cartas Mexicanas”, describe con refinado estilo -propia de la pomposa vida en sociedad- una de las Ferias del lugar, donde “... tres días son divertidos a más no poder, y como se mezclan toda clase de rangos y de escarcelas, la variedad que ofrece es sin comparación mucho mayor que en los bailes de la capital”.

Esto dicho a mediados del XIX, pero incluso antes, en el México novo hispano, Tlalpan era lugar de tránsito, última parada antes de iniciar el viaje hacia Acapulco, el mar y la ilusión del viaje, el punto de fuga y de escape, el trópico empezaba en los ríos transparentes de San Agustín de las Cuevas, incluso hoy sigo imaginando que detrás del Pico del Águila está el Pacífico.

Tlalpan y toda la ciudad, hoy son un reducto donde se mezclan todo tipo de tradiciones, ¿cuáles serán conservadas, cuáles surgirán?, El tránsito del tiempo nos hace olvidar, la memoria no alcanza para asir toda la belleza que algún día generó el pasado, debemos resistir contra el olvido.

A fin de cuentas, la historia de la ciudad es como la historia del Cosmos, se registran fenómenos celestes, se miden parábolas de ciclos y astros, calculamos el espesor de los planetas, nos avocamos a testimoniar los fulgores de brillantes estrellas; de la misma forma la ciudad va generando su memoria, las grandes conflagraciones opacan el perecedero brillo de las personas, estrellas fugaces, bellas por la intensidad de su brillo, entrañables por la cortedad de su duración.

Porque la ciudad vive en el imaginario de cada una de las personas, Tlalpan y sus rincones susurrarán al oído de quien quiera oírlas, calladas historia de amor, de odio, de poder, de espectros dolientes, de damnificados de tiempos palaciegos, de vencedores de dudosa procedencia, de indigentes de amor y esperanza, vidas, únicamente vidas.

Porque salvarnos del olvido es arrebatar algo a la muerte, rescatemos de Tlalpan lo humano, lo bello, lo irrepetible.
Aunque todavía, veamos impasibles lo que Octavio Paz alguno vez escribió, como destino y sino de esta urbe en vías de agonizar:

“Hablo de la ciudad construida por los muertos, habitada por sus tercos fantasmas, regida por su despótica memoria,
la ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie y que ahora me dicta estas palabras insomnes”.

De la noche no viene lo monstruoso

De la noche no viene lo monstruoso

¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?
No quiero nada para mí:
sólo anhelo
lo posible imposible:
un mundo sin víctimas.

J. E Pacheco

La cosmología judeo-cristiana contrapone la luz a la oscuridad, y lo hace de manera maniquea, ambos son contrarios absolutos, mientras que en otras culturas son complementarios, nuestra cultura da como fuente de todo mal a la oscuridad y las criaturas que en ella se engendran, mientras que el albo parecer de los ángeles son la pura luminosidad bondadosa, bien y mal en eterna lucha por almas humanas, aunque a mí me gusta la idea que canta Sabina, “el cielo paga un sueldo a Satán”.

Así de la noche no podría haber más que monstruos delirantes, malvados, enfermos de soberbia y de turbios deseos. Vampiros, licántropos, zombis al más puro estilo Silent Hill o Resident Evil, muertes empuñando su guadaña, demonios, súcubos e incubos trastornando el sueño de vírgenes inocentes, bestias demoníacas turbando el sueño de niños sin mácula y toda la caterva de monstruos fantásticos y virtuales sólo podrían ser paridos por la espesa atmósfera de la oscuridad; del día sólo ángeles y querubines, la corte celestial en pleno.

Esta idea es ante todo una fachada mediante la cual se esconden los verdaderos monstruos, que a la luz del poder y la normalidad actúan casi impunemente.

Pederastas, maltratadores de mujeres y niños, son verdaderas abominaciones que no expresan sino la verdadera cara de la violencia, debemos estar asustados porque un mundo que no protege a los más débiles está en vías de convertirse en un espacio inhabitable.

Y bien para muestra recordemos el caso Lydia Cacho, o a los más de 275 millones de niños que sufren algún tipo de violencia o abuso doméstico; o a los 102 millones de niños, según la UNICEF, que son víctimas de la explotación y la discriminación y se han vuelto prácticamente invisibles para el mundo; o a los 10 millones de infantes explotados sexualmente, o a los 120 millones de mujeres maltratadas en el mundo.

Así la violencia permea todas las capas de la sociedad, y esta violencia se trivializa debido a una humanidad que prefiere ésta a un estado de armonía, igualdad y solidaridad.

Somos agresivos por naturaleza, si entendemos esta aseveración como la posibilidad innata de responder a estímulos violentos que pongan en peligro nuestra conservación como especie o individuo, pero en sentido contrario, la cultura y la civilización nos han provisto de herramientas para aminorar estas tendencias. Recordemos una verdad universal, los animales sólo agreden para sobrevivir, ¿Quién justificaría esta violencia gratuita contra quienes, se supone, son los miembros más vulnerables de la sociedad: las mujeres y los niños?

Ahora bien las bestias no surgen de manera espontánea, como mundo hemos puesto la muestra sin dudar, baste decir que un niño urbano de 10 años ha mirado en los medios hasta 100 mil actos violentos. 100 mil, y de esta manera la violencia se vuelve justificable ante una conciencia y una moral debilitadas por este bombardeo.

En pleno siglo XXI, las monstruosidades no vienen de las cavernosas profundidades de la oscura noche, están a la vista, y debemos enérgicamente enfrentarlas, denunciarlas y reprobarlas, un mundo que permite esta violencia es un mundo deshumanizado más preocupado por el entronizamiento de lo material y consumista. A fin de cuentas los insómnes somos las gárgolas del mundo diurno: tenemos la capacidad de asustar a diablos y espíritus malignos, protegiendo a los que duermen. Los noctámbulos, humanos a fin de cuentas, apostamos por la vida, el respeto y la fraternidad de todos.